EL PLAN SECRETO DE MI MARIDO: EL HEREDERO OCULTO
EL PLAN SECRETO DE MI MARIDO: EL HEREDERO OCULTO
Por: azly
capitulo 1

El aire acondicionado del Registro Civil de Cartaluz zumbaba con un zumbido monótono y frío, una burla directa al calor sofocante que se filtraba a través de los enormes ventanales venecianos. Miré el segundero del reloj de oro que mi madre me había regalado en mi graduación. Las doce y cuarto. Quince minutos de retraso. Nada grave, me dije a mí misma, apretando con suavidad el ramo de rosas blancas que empezaba a sudar en mis manos temblorosas. Cinco años de noviazgo no se borraban por un atasco en la avenida principal. Cinco años de ilusiones, de cenas compartidas, de confidencias a media luz y de soportar los desplantes sutiles de la alta sociedad que siempre me vio como una advenediza afortunada por haber atrapado al heredero menor de los León o, mejor dicho, a los círculos cercanos a la élite.

—Tranquila, Vanessa. Seguro que un imprevisto con el tráfico lo retuvo —murmuró Clara, mi única amiga presente, frotándome la espalda con una mano que tampoco dejaba de temblar.

Asentí con los labios resecos. Intenté convencerme de que las miradas de reojo de los notarios, los ujieres y los pocos invitados de la alta burguesía que habían madrugado para la ceremonia eran solo producto de mi imaginación paranoica. Pero no lo eran. En Cartaluz, los chismes viajaban más rápido que la luz, y la tensión en la sala se sentía tan densa que podía cortarse con un cuchillo.

—Señorita León, el juez civil tiene otra audiencia en veinte minutos. Necesitamos que el contrayente haga acto de presencia o tendremos que reprogramar —anunció el funcionario encargado, con una mezcla de aburrimiento y lástima mal disimulada.

—Cinco minutos más, por favor. Le ruego que nos dé cinco minutos. Voy a llamarlo de nuevo —supliqué, sacando el teléfono móvil del bolso con torpeza.

Marqué el número de Mateo por enésima vez. El tono de llamada sonó largo, hueco, interminable, hasta que saltó el buzón de voz. Una, dos, tres veces. Cero respuestas. Un nudo frío y pesado se instaló de golpe en la boca de mi estómago, helándome la sangre. Mateo no me ignoraba las llamadas. Jamás lo hacía, sobre todo en un día como hoy, donde las cámaras de los reporteros de sociales empezaban a agolparse en la entrada principal del edificio, atraídas por el olor a escándalo.

Fue entonces cuando las puertas dobles de caoba se abrieron de par en par con un estrépito seco.

Un murmullo generalizado recorrió la sala. No era Mateo quien entraba. Era su primo lejano, el relaciones públicas del clan, flanqueado por dos amigos íntimos de Mateo, cuyos rostros pálidos reflejaban una incomodidad absoluta. Traían los teléfonos móviles en las manos y una expresión de pánico ensayado que me hizo dar dos pasos hacia atrás, como si me hubieran disparado al pecho.

—Vanessa... —balbuceo el chico, deteniéndose a unos metros de mí, incapaz de sostener mi mirada—. No sé cómo decirte esto.

—¿Dónde está Mateo? —exigí, sintiendo que la voz me temblaba, perdiendo por completo la compostura elegante que había tardado horas en ensayar frente al espejo—. La ceremonia empezó hace media hora. El juez está esperando. ¿Dónde está?

El chico tragó saliva, mirando hacia el suelo de mármol pulido antes de atreverse a alzar los ojos.

—Mateo no va a venir.

Las palabras flotaron en el aire, diminutas, absurdas, suspendidas en el tiempo. Sentí un zumbido ensordecedor en los oídos. La sala entera pareció contraerse.

—¿Qué broma es esta? —solté con una risa nerviosa, aguda, que no sonaba a mía—. Es nuestro día. Llevamos cinco años...

—No es ninguna broma, Vanessa —interrumpió una voz fría y cristalina desde la entrada.

Sofía, una de las chicas más snobs de la alta sociedad y enemiga declarada mía desde la universidad, avanzó con una sonrisa maquiavélica pintada en los labios, sosteniendo su teléfono en alto como si fuera un trofeo de guerra—. El pobre Mateo nunca tuvo la intención de casarse contigo. ¿De verdad creíste que un heredero de su estatus iba a firmar un acta de matrimonio con una cualquiera? Solo estabas entreteniéndole mientras aparecía alguien de su verdadero nivel.

—Cierra la boca, Sofía —espetó Clara, poniéndose delante de mí con furia defensiva.

Pero Sofía no se detuvo; al contrario, alzó la voz para que todos en el vestíbulo y los periodistas apostados al otro lado de los cristales pudieran escuchar cada sílaba.

—Mira esto, querida. Está en directo en su grupo privado de amigos.

Giró la pantalla del móvil hacia mí. En el vídeo, iluminado por la luz tenue de un reservado en el club más exclusivo de la ciudad, se veía a Mateo rodeado de copas de champán y risas burlonas. Sostenía una copa en alto mientras abrazaba a una de las herederas de la petrolera local.

«¿Casarme con Vanessa? Por favor, muchachos», se escuchaba decir a Mateo en la grabación, con una voz pastosa y despectiva que me apuñaló el alma. «Una cosa es divertirse cinco años con una chica de clase media que se cree princesa, y otra muy distinta es arruinar mi apellido ante la alta sociedad firmando un papel con ella. Solo necesitava un poco de paz mientras elegía a la mujer correcta. Mañana le mandaré un mensajito para que recoja sus cosas de mi apartamento. Que se entretenga llorando si quiere».

Las risas de los presentes en el vídeo estallaron como un bofetón colectivo en plena cara.

El teléfono tembló en mis manos hasta que estuve a punto de dejarlo caer. El silencio en el Registro Civil se volvió sepulcral. Todos me miraban. Algunos con aire condescendiente, otros con una burla codiciosa, esperando ver el derrumbe absoluto de la mujer que había creído en un cuento de hadas de cartón piedra. Sentí el calor subirme a las mejillas, quemándome la piel, transformándose en una mezcla de náusea y una rabia tan pura, tan oscura y profunda, que paralizó mis lágrimas antes de que tuvieran la oportunidad de nacer.

Cinco años de mi vida entregados a un cobarde. Cinco años de fidelidad, de paciencia, de aguantar desplantes familiares, convertidos en un chiste viral para el deleite de la aristocracia de Cartaluz.

—¿Terminaste tu numerito, Sofía? —pregunté. Mi voz salió extrañamente calmada, un hilo de acero helado que cortó el murmullo de la sala.

Sofía parpadeó, desconcertada al no verme hecha un mar de lágrimas rogando piedad en el suelo.

Miré el ramo de rosas blancas entre mis manos. Con un movimiento lento, deliberado y sin apartar los ojos de los emisarios de la humillación, dejé caer el ramo al suelo de mármol. El sonido de los tallos golpeando la baldosa fue el único ruido en la estancia. Pisé una de las rosas con el tacón de aguja, aplastando los pétalos blancos hasta mancharlos de polvo y suciedad.

—Dile a tu querido amigo Mateo —le dije al enviado de mi ex, cuya cara se habia vuelto completamente blanca— que recoja sus cosas de mi vida, porque apartir de este preciso segundo, está muerto para mí. Y dile que recoja su dignidad, aunque dudo mucho que alguna vez la haya tenido.

Me giré hacia el juez, que me miraba con una profunda expresión de respeto en los ojos.

—Disculpe las molestias, señor juez. Parece que hoy no habrá ceremonia —le dije con una ligera inclinación de cabeza, manteniendo la espalda recta, la barbilla en alto y el orgullo intacto.

Me di la vuelta y comencé a caminar hacia la salida. Cada paso sobre mis tacones resonaba como un tambor de guerra. Los flashes de las cámaras comenzaron a dispararse a través de los cristales, cegándome, pero no bajé la mirada. Me negaba a darles el espectáculo de una derrota.

Salí a la escalinata principal de piedra bajo el sol abrasador de Cartaluz. El viento levantó los mechones sueltos de mi peinado de novia arruinado. Fue en ese instante, con el eco de las risas aún zumbándome en la cabeza y la humillación quemándome en la piel, cuando mi teléfono móvil vibró con fuerza en el interior de mi bolso.

Lo saqué con dedos rígidos. Era un número desconocido, una llamada internacional con prefijo privado.

Con el pulso acelerado por la adrenalina y la rabia ciega, deslicé el dedo para aceptar la llamada y me llevé el aparato a la oreja.

—¿Diga? —respondí con la voz quebrada por el esfuerzo de contener el llanto.

—No llores por basura, Vanessa —respondió una voz profunda, grave, magnética y cargada de una autoridad absoluta que hizo que cada vello de mi cuerpo se pusiera de punta—. Los desperdicios se botan a la basura, no se lloran.

Me detuve en seco en medio de la escalinata, con los periodistas gritando mi nombre a pocos metros.

—¿Quién es? —logré preguntar, sintiendo que esa voz, aunque casi desconocida para mí, poseía una fuerza gravitacional ineludible.

—Soy Rafael Cisneros —respondió el hombre al otro lado de la línea, con un susurro áspero que sonó como una sentencia divina—. El hermano mayor del imbécil que acabas de perder. Y tengo una propuesta de matrimonio que va a destruir a todos los que hoy se están riendo de ti. ¿Aceptas casarte conmigo, Vanessa?

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