Mundo ficciónIniciar sesiónEl aire en el salón de baile del Gran Hotel de Cartaluz seguía cargado de una electricidad espesa, densa como el humo tras una detonación. La onda expansiva de nuestro beso público todavía resonaba en los corrillos de la alta sociedad, donde las copas de champán se suspendían a mitad de camino y los cuchicheos se ahogaban en gargantas secas. Para la aristocracia local, ver a la mujer que había sido abandonada en el altar de forma tan ruin convertida en la legítima esposa del temido magnate internacional era un sacudida inaceptable a sus jerarquías de cartón piedra. Pero para mí, cada mirada de asombro y cada susurro envidioso sabían a una venganza fría, exquisita y profundamente liberadora.
Rafael no me soltó de la cintura. Su mano, firme y caliente a través del satén verde esmeralda de mi vestido, ejercía una presión sutil pero imperativa, recordándome a cada segundo que ya no estaba sola en el tablero. Su cuerpo era una muralla inexpugnable que me separaba del resto del mundo. Sin embargo, en un banquete donde los tiburones nadaban en aguas turbias, los cobardes rara vez sabían cuándo retirarse. Fue entonces cuando lo vi. Entre los invitados que intentaban abrirse paso disimuladamente hacia la zona de los buffets y las terrazas acristaladas apareció Mateo. Tenía el rostro desencajado, con el esmoquin ligeramente desarreglado y los ojos inyectados en sangre. El alcohol que había consumido en un intento desesperado por anestesiar su orgullo herido no había hecho más que avivar su patetismo. Al verme brillar del brazo de su hermano mayor —del hombre al que él siempre había intentado imitar sin conseguir jamás ni la sombra de su éxito—, el cerebro de Mateo cortocircuitó por completo. Avanzó a zancadas torpes, ignorando las advertencias disimuladas de sus amigos más cercanos, hasta bloquear nuestro camino justo cuando nos dirigíamos hacia la salida privada del salón. —Vaya, vaya... Miren a la cenicienta del registro civil —soltó Mateo con una risa estridente, fingida y agria que hizo que varios de los comensales más cercanos contuvieran la respiración—. Te retrataste rápido, Vanessa. Supongo que aprendiste bien el oficio de buscarte un postor con más ceros en la cuenta bancaria cuando el anterior se cansó de tus caprichos de clase media. Si tan desesperada estabas por un anillo, debiste avisarme; te habría dejado unas monedas antes de irme con alguien de nuestra clase. Las palabras cayeron como ácido sobre el mármol pulido. El silencio en los alrededores se hizo tan sepulcral que podía escucharse el tintineo lejano de los cubiertos en el extremo opuesto del salón. Mis músculos se tensaron al instante. El eco de su desprecio, el mismo tono condescendiente y mezquino que había soportado durante cinco largos años de noviazgo, intentó raspar viejas heridas. Abrí los labios para responderle con la misma moneda, dispuesta a recordarle quién era el verdadero parásito de la familia. Pero jamás me dio tiempo. La transformación en Rafael fue instantánea, brutal y aterradora. Su brazo izquierdo, que hasta ese segundo me sostenía con una posesividad protectora y cálida, se movió con la velocidad de un latigazo. Con un movimiento seco, me colocó un paso por detrás de su cuerpo, blindándome por completo de la presencia de Mateo. Su postura, que un instante antes era la de un esposo elegante y mundano, se transformó en la de un depredador ávido de sangre que acaba de acorralar a una alimaña impertinente. —Repite lo que acabas de decir, pedazo de escoria —siseó Rafael. Su voz no fue un grito; fue un susurro bajo, gutural y helado que cortó el aire como una hoja de afeitar. Mateo vaciló un segundo, tambaleándose ligeramente sobre sus propios pies, intoxicado por su propia soberbia y por el licor. Intentó mantener la fachada de superioridad frente a su hermano mayor, inflando el pecho de manera patética. —Lo que oyes, Rafael. Te has quedado con las obras de mi basurero —espetó Mateo con una mueca despectiva—. Una chica de medio pelo que solo sabe... No terminó la frase. El puño derecho de Rafael impactó contra la mandíbula de Mateo con un sonido seco, metálico y violento que resonó en todo el salón como el disparo de un cañón. La fuerza del golpe fue tal que levantó a Mateo del suelo por una fracción de segundo antes de enviarlo a estrellarse contra una mesa de servicio repleta de copas de cristal y bandejas de plata, que se derrumbaron en una sinfonía ensordecedora de vidrio roto y gritos ahogados. Mateo quedó tendido boca arriba sobre las baldosas, con un hacho de sangre brotándole de la comisura de los labios, completamente aturdido y sin aire en los pulmones, incapaz de articular ni una sola sílaba. Los invitados retrocedieron despavoridos, abriendo un círculo de terror absoluto alrededor de la escena. Nadie se atrevía a respirar, y mucho menos a intervenir. Rafael dio un paso al frente, con los nudillos ligeramente rojos, y se cernió sobre el cuerpo caído de su hermano menor con una presencia tan oscura que helaba la sangre. Se agachó despacio, agarró a Mateo por las solapas del esmoquin deshecho y lo levantó sin esfuerzo del suelo, empotrándolo contra una de las columnas de caoba del salón. —Escúchame bien, pequeño parásito sin talento —le siseó Rafael a pocos centímetros de su rostro pálido, con una furia contenida que destilaba un peligro mortal—. Mi esposa no es la obra de nadie. Es la reina de este imperio, y la única razón por la cual sigues respirando el mismo aire que ella es porque hoy estoy de buenas. Si te vuelves a atrever a dirigirle la palabra, si te atreves tan solo a pronunciar su nombre en un radio de quinientos metros a la redonda, me encargaré personalmente de revocar cada una de tus cuentas, confiscar tus propiedades y borrar tu apellido de la historia financiera de Cartaluz. ¿Te ha quedado claro, o necesito fracturarte algo más para que tu cerebro entienda la lección? —S... sí... por favor... —balbuceo Mateo, con los ojos abiertos de par en par por el terror puro, temblando como una hoja ante la mirada despiadada del hombre al que toda la vida había intentado desafiar sin éxito. Rafael lo soltó con un gesto de profundo desprecio, dejándolo caer de nuevo sobre las baldosas sucias de cristal roto como si fuera un bulto inservible. Se sacudió las palmas de las manos con parsimonia, ajustándose los puños de la camisa con una elegancia fría, antes de girarse lentamente hacia mí. La ferocidad de su semblante se desvaneció en el preciso instante en que sus ojos negros se posaron sobre los míos. Esa mirada letal y sanguinaria se transformó de inmediato en una devoción cálida, absoluta y febril que me robó el aliento. Rafael caminó hacia mí con pasos firmes, acortando la distancia en un segundo. Extendió sus manos grandes y fuertes, tomando mi rostro con una delicadeza extrema, como si temiera romperme, y trazó un suave recorrido con sus pulgares por mis mejillas. —¿Estás bien, mi vida? —preguntó en un susurro áspero, buscando en mis ojos cualquier rastro de dolor o de la sombra de aquel infeliz que yacía en el suelo—. ¿Te ha tocado siquiera con la mirada? Negué lentamente con la cabeza, con el pulso desbocado y el pecho agitado por la descarga de adrenalina. Ver a Rafael desatar una tormenta de furia tan devastadora únicamente para defender mi honor, para aplastar al hombre que me había humillado frente a la alta sociedad, era algo tan intensamente poderoso que superaba cualquier cosa que hubiera imaginado. Mateo me había relegado a las sombras durante cinco años; Rafael me había colocado en un pedestal de fuego y oro, dispuesta a quemar el mundo entero por mí. —Estoy perfecta, Rafael —logré articular, con la voz temblorosa por una emoción que se mezclaba con un deseo abrasador. Una sonrisa torcida, peligrosa y profundamente masculina se dibujó en los labios de mi esposo. —Vámonos de este circo, Vanessa —murmuró, inclinando ligeramente su rostro hasta rozar mis labios con los suyos en una promesa silenciosa—. Tengo una suite esperándote, y muchas formas de demostrarte a quién perteneces de verdad. Me giré por última vez, dejando atrás a Mateo, que seguía gimiendo en el suelo entre los cristales rotos, y al séquito de la alta sociedad que nos miraba con pavor y reverencia. Tomada de la mano del lobo que había conquistado mi mundo, crucé las puertas del salón hacia la noche de Cartaluz, sabiendo que ya no quedaba ni rastro de la mujer que un día fue abandonada en el altar. Ahora era intocable.






