capitulo 4

El calor de la piel de Rafael seguía quemando en mi pecho, un recordatorio físico y abrasador de que el mundo que conocía hasta hacía apenas unas horas se había desmoronado para dar paso a un territorio completamente desconocido. Tras la tormenta de besos y la urgencia desatada junto a la mesa de caoba del vestíbulo, la realidad fría y calculadora de los Cisneros volvió a imponerse, pero ya no con la pesadez de una condena, sino con la electricidad de un pacto secreto.

—Los notarios han enviado el duplicado digital al registro central y a los boletines oficiales de la alta sociedad —dijo Rafael con voz ronca, abrochándose los gemelos de la camisa mientras me observaba desde el umbral de la ventana panorámica que daba a los oscuros acantilados del norte—. En menos de una hora, la noticia oficial estará en las pantallas de todos los teléfonos de Cartaluz.

Me acomodé el vestido, intentando alisar el encaje que sus manos habían desordenado con tanta posesión. El espejo biselado de la estancia me devolvió la imagen de una mujer distinta: los ojos brillantes por una adrenalina que aún latía en mis sienes, los labios ligeramente hinchados y una postura que ya no albergaba ni rastro de la chica que había sido plantada en el altar esa misma mañana.

—¿Cuánto tardarán en enterarse? —pregunté, cruzando los brazos mientras sentía una mezcla de vértigo y una oscura satisfacción.

Rafael se giró lentamente, una sonrisa torcida y peligrosa asomando por la comisura de sus labios.

—Lo suficiente para que el champán se les quede atragantado en la garganta.

Y no se equivocaba.

Eran las siete de la tarde cuando el mundo de la élite de Cartaluz recibió el golpe definitivo. El canal de noticias sociales y los grupos privados de W******p de la alta burguesía comenzaron a colapsar. La confirmación oficial del enlace matrimonial entre Vanessa León y Rafael Cisneros, el magnate internacional y heredero principal del clan, se propagó como un incendio forestal en un campo seco.

En el exclusivo club social del centro, donde Mateo y sus amigos solían celebrar su falsa superioridad, la noticia cayó como una bomba atómica.

Me lo contaron a través de los fragmentos que Clara logró filtrar desde sus fuentes en el club, pero no hacía falta imaginarlo demasiado para ver las expresiones de absoluta estupefacción. Mateo, que había pasado la tarde alardeando de su supuesta "huida a tiempo" de una chica de clase media, recibió el comunicado oficial de matrimonio mientras brindaba con sus allegados. Su copa de cristal se le resbaló de los dedos, estrellándose contra el suelo de mármol y salpicando sus zapatos de diseño, mientras la sangre abandonaba su rostro por completo.

¿Casarse con su hermano mayor? ¿Con el tiburón al que todos temían y respetaban en el extranjero? Para la alta sociedad, aquello era un sacrilegio, una afrenta directa a las jerarquías de sangre de Cartaluz. Para Mateo, era la humillación definitiva: la mujer a la que había desechado como a un trapo viejo acababa de convertirse legalmente en su tía política y en la dueña indiscutible de la mitad del imperio familiar que él jamás podría tocar.

—Están perdiendo la cabeza —le comenté a Rafael, enseñándole la pantalla de mi teléfono donde los mensajes de supuestas "amigas" que llevaban años ignorándome comenzaban a acumularse con súplicas de atención y felicitaciones falsas—. Mira esto. Sofía me escribe diciendo que "debemos tomarnos un café para aclarar el malentendido". Curioso, ¿no? Hace unas horas se reía de mí mientras me mostraba el vídeo de tu hermano.

Rafael se acercó a mí con pasos lentos, seguros, una presencia imponente que llenaba cada rincón de la sala de estar privada. Extendió una mano y, con un movimiento rápido y despectivo, arrebató el teléfono de mis manos, arrojándolo sobre el sofá de terciopelo sin apartar los ojos de los míos.

—No pierdas tu tiempo con cucarachas, Vanessa —su voz era un susurro grave, cargado de una posesividad absoluta que me hizo contener el aliento—. A partir de hoy, nadie en esta ciudad tiene el derecho de dirigirte la palabra a menos que tú lo autorices. Y si alguien se atreve a mirarte mal, que se prepare para pagar el precio.

Me arrinconó contra el respaldo del sofá, su cuerpo grande y cálido interponiéndose entre la luz de las lámparas y yo. El aroma a sándwich y tabaco me envolvió por completo, nublándome el pensamiento. Apoyó una mano en el respaldo, justo al lado de mi cabeza, mientras la otra descendía con una lentitud deliberada por mi cintura, marcando cada curva de mi silueta a través de la tela del vestido.

—¿Te asusta el poder que ahora tienes entre las manos? —preguntó, bajando la mirada hacia mis labios con una intensidad que devoraba cualquier intento de raciocinio.

—No me asusta el poder, Rafael —susurré, alzando la barbilla para desafiarlo a pesar de que el pulso me latía desbocado en las muñecas—. Me fascina. Pero quiero ver la cara de Mateo cuando me vea cruzar la puerta del próximo evento oficial del clan del brazo del intocable Rafael Cisneros.

Una risa corta y profunda brotó de su garganta, una vibración masculina que retumbó directamente en mi pecho.

—Tendrás esa oportunidad muy pronto, esposa mía —prometió él en un susurro áspero—. Pero antes, necesito asegurarme de que entiendes exactamente a quién perteneces y cuáles son las reglas de este juego.

Su boca no esperó a que respondiera. Me atrapó los labios en un beso hambriento, posesivo, que barrió cualquier rastro de pensamiento racional. Sus labios se abrieron paso con una autoridad devastadora, exigiendo una entrega que mi cuerpo, traicionando cualquier atisbo de precaución, le concedió de inmediato. Mis manos volaron instintivamente a su nuca, enredándose en su cabello oscuro, tirando de él para acortar aún más la distancia que ya era inexistente.

Gimí suavemente cuando su mano, firme y caliente, deslizó la cremallera de mi vestido hacia abajo, liberando mis hombros y trazando un camino de fuego con las yemas de sus dedos por la piel de mi espalda. Cada caricia suya era una declaración de propiedad, un recordatorio de que la boda relámpago no había sido un simple pacto legal en un papel de notaría, sino el inicio de una inmolación mutua.

—Rafael... —logré articular entre respiración y respiración, sintiendo el calor de su cuerpo presionar el mío contra los cojines del sofá.

—Mírame —ordenó él separándose apenas unos milímetros, con los ojos negros oscurecidos por el deseo y la obsesión contenida durante años—. Dilo otra vez. Di quién soy para ti.

—Eres mi esposo —susurré con los ojos fijos en los suyos, entregándole no solo mi orgullo, sino la llave de la venganza que tanto había anhelado.

Su sonrisa fue una mezcla de triunfo y voracidad. Volvió a devorar mi boca con una urgencia salvaje, mientras sus manos desabrochaban los últimos obstáculos de mi ropa, arrastrándome por completo al torbellino de un matrimonio sellado con fuego, donde el mundo exterior y el desprecio de los cobardes ya no tenían cabida.

Continue lendo este livro gratuitamente
Digitalize o código para baixar o App
Explore e leia boas novelas gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de boas novelas no aplicativo BueNovela. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no aplicativo
Digitalize o código para ler no App