capitulo 6

El destello de los flashes en la escalinata principal del Gran Hotel de Cartaluz era tan intenso que por un segundo me cegó por completo. Cientos de pequeñas luces blancas parpadeaban al unísono, acompañadas por el murmullo febril de los reporteros de la crónica social, los camarógrafos y los invitados que se apiñaban tras los cordones de terciopelo rojo. Todos esperaban el escándalo. Todos querían ver la cara de la mujer que había sido abandonada en el altar apenas unos días atrás, convertida ahora en el hazmerreír de la alta burguesía.

Pero lo que no sabían, lo que ninguno de esos buitres con trajes de firma y joyas ostentosas se imaginaba, era quién venía a mi lado.

Sentí el peso cálido y firme de una mano masculina posarse con una autoridad posesiva sobre la curva de mi cintura. No era un toque vacilante; era una declaración de propiedad y blindaje absoluto. Giré ligeramente el rostro y me encontré con la perfilada y dura mandíbula de Rafael Cisneros. Llevaba un impecable esmoquin negro hecho a medida en Milán, la camisa blanca desabotonada en el primer botón con esa elegancia arrogante que solo poseen los hombres que no tienen que demostrarle nada a nadie. Su mirada, fría y afilada como un cuchillo de obsidiana, recorría a la multitud con un desdén tan helado que hizo que los murmullos más cercanos se apagaran de golpe, como si hubieran soplado una vela.

—Mantén la barbilla en alto, Vanessa —murmuró su voz ronca contra mi oído, rozando mi lóbulo con una intimidad que erizó cada uno de los vellos de mi piel—. Eres la señora de Cisneros. Que tiemblen ellos, tú no tienes nada que temer.

Inhalé hondo, llenando mis pulmones con el perfume a sándwich y tabaco caro que siempre lo acompañaba, y enderezué la espalda. Llevaba un vestido largo de alta costura en color verde esmeralda, con un escote pronunciado y una abertura lateral que dejaba al descubierto parte de mi pierna con cada paso. Era un diseño que me negaba a pasar desapercibida; un traje hecho para quemar miradas y desatar envidias.

Al cruzar las enormes puertas de cristal blindado y adentrarnos en el salón de baile principal —el epicentro del poder y la hipocresía de Cartaluz—, el bullicio de la orquesta y de las conversaciones se cortó de tajo.

El silencio cayó sobre la sala como una losa de plomo.

Cientos de pares de ojos se giraron al unísono hacia nosotros. Vi rostros desencajados, copas de champán congeladas a mitad de camino hacia la boca y expresiones de auténtico pánico mal disimulado. Y allí, en primera fila, rodeado por sus aduladores de siempre, estaba Mateo.

Mi exnovio sostenía una copa de cristal con tanta fuerza que los nudillos se le habían vuelto blancos. Su rostro, habitualmente lleno de una suficiencia insoportable, estaba pálido como el papel. Me miró con una mezcla de estupor, incredulidad y una rabia infantil que intentaba ocultar tras una mueca patética. Su mirada bajó desde mi rostro hasta la mano de Rafael, que me sujetaba con tanta firmeza en la cadera, y luego se detuvo en el imponente despliegue de poder que representaba el hombre que lo había eclipsado en todo desde la cuna.

Mateo dio un paso al frente, con intenciones de abalanzarse hacia nosotros, probablemente para proferir alguna imbecilidad movido por los celos y el orgullo herido de verse superado por su propio hermano mayor.

Pero no llegó a dar ni dos pasos.

Rafael se detuvo en seco. Su cuerpo entero se tensó como el de un felino a punto de saltar sobre su presa. Giró lentamente la cabeza hacia donde estaba Mateo, y la mirada que le dedicó hizo que su propio hermano menor retrocediera de inmediato, tragando saliva con una expresión de pura y cruda cobardía. No hizo falta que Rafael gritara ni pronunciara una sola amenaza; en sus ojos oscuros brillaba una advertencia tan mortal y absoluta que cualquier persona con dos dedos de frente habría huido del país en ese mismo instante.

—Si ese gusano vuelve a mover un músculo en nuestra dirección, me encargaré personalmente de borrar su nombre y el de sus empresas fantasma del registro mercantil de esta ciudad —me susurró Rafael al oído, con un tono tan gélido y pausado que me recorrió un escalofrío de pura adrenalina por la espina dorsal—. Él te desechó creyendo que eras un juguete roto. No sabe que acaba de entregarle el cetro a la reina equivocada.

—Déjalo, Rafael —respondí en un murmullo apenas audible, sintiendo cómo una sonrisa fría y triunfal se dibujaba en mis labios al ver la cara de absoluta humillación de Mateo al otro lado del salón—. No vale la pena ensuciarse las manos con las obras de beneficencia de la familia.

Una sombra de diversión oscura cruzó por el rostro de Rafael. Inclinó un poco la cabeza y sus labios rozaron con total naturalidad la comisura de los míos ante la atónita mirada de la alta sociedad de Cartaluz.

—Como ordenes, mi amor —respondió, cambiando el tono a uno de profunda y pública devoción que dejó a más de una dama de la alta burguesía al borde del desmayo.

La música de la orquesta se reanudó de manera torpe, obligada por el propio director al ver que el magnate había decidido avanzar hacia el centro de la pista. Las parejas se abrieron a nuestro paso, despejando un camino inmediato, inclinando la cabeza con una mezcla de reverencia y miedo mal disimulado ante la presencia del indiscutible tiburón de las finanzas y su nueva e inesperada esposa.

Nos detuvimos en el centro exacto del salón de mármol. Las luces de los enormes candelabros de cristal veneciano se reflejaban en el verde esmeralda de mi vestido, haciendo que cada movimiento brillara con una intensidad hipnótica.

Rafael me atrajo por completo hacia su cuerpo, deslizando su mano desde mi cadera hasta la mitad de mi espalda con una posesión tan absoluta que cortaba la respiración. Su otra mano tomó la mía, entrelazando nuestros dedos con una firmeza inquebrantable mientras los primeros acordes de un vals lento y profundo comenzaban a sonar en directo.

—¿Estás disfrutando el espectáculo, Vanessa? —preguntó bajito, con esa voz ronca que vibraba directamente contra mi pecho, mientras empezábamos a movernos al compás de la música.

—Estoy disfrutando cada segundo, Rafael —admití sin apartar la mirada de la suya, sintiendo cómo el calor de su cuerpo se fundía con el mío a través de la fina tela del vestido—. Confieso que no pensé que la alta sociedad pudiera quedarse muda tan rápido.

—No les temen a las buenas costumbres, Vanessa. Le temen al poder real —respondió él con una sonrisa torcida, mientras me guiaba en un giro cerrado que me obligó a arquear ligeramente la espalda bajo su brazo fuerte—. Y en este salón, el único poder que importa soy yo poniéndome de rodillas ante ti.

Un calor repentino, intenso y febril me invadió el bajo vientre al escuchar esas palabras. La forma en que me miraba —como si el resto de los invitados, los magnates, los políticos y los cotillas de la élite no fueran más que estatuas de sal en un escenario vacío— era embriagadora. Su mano en mi espalda comenzó a descender con una lentitud deliberada, rozando la curva de mis glúteos a través del satén y la seda, apretándome con una fuerza indecente contra su pelvis mientras dábamos otro giro al compás de los violines.

Gimí un breve y ahogado suspiro, traicionándome a mí misma, mientras mis dedos se aferraban con desesperación a la solapa de su esmoquin.

—Rafael... nos está mirando todo el mundo —le recordé en un susurro entrecortado, notando cómo su aliento caliente rozaba la piel descubierta de mi cuello, enviando oleadas de electricidad pura por todo mi sistema nervioso.

—Que miren todo lo que quieran —gruñó él en voz baja, con un tono tan denso de deseo contenido que hizo que el mundo exterior desapareciera por completo—. Necesitan aprender de una vez por todas que esta joya me pertenece en cuerpo y alma desde hace diez años. Y el día que se atrevan a mirarte con una sola onza del desprecio con el que te trataron antes, me encargaré de quemar sus mansiones hasta los cimientos.

El nivel de devoción oscura, de posesión absoluta y de furia protectora que emanaba de cada poro de su piel era algo que jamás había experimentado. Mateo me había tratado como a un adorno prescindible; Rafael me estaba construyendo un trono de oro sobre las cenizas humeantes de mis enemigos, exigiendo a cambio una entrega tan absoluta que no estaba segura de poder resistir.

Cuando la pieza musical alcanzó su punto álgido, Rafael me detuvo en seco en medio de la pista. Sin importarle las decenas de pares de ojos que seguían cada uno de nuestros movimientos desde las mesas circundantes, inclinó mi cuerpo hacia atrás en un movimiento de baile clásico, pero llevó su rostro directamente al mío con una voracidad incontrolable.

Sus labios capturaron los míos en un beso profundo, hambriento y público que rompió todas las reglas de la etiqueta de la alta sociedad de Cartaluz. Solté un suspiro tembloroso que se perdió en su boca, mientras su lengua exploraba con autoridad cada rincón de la mía, arrancándome el aliento y dejándome completamente suspendida en el aire, sostenida únicamente por sus brazos de acero.

Los murmullos escandalizados de las damas de la alta burguesía estallaron a nuestro alrededor, pero a ninguno de los dos nos importó lo más mínimo. Cuando finalmente se apartó unos milímetros, con la respiración pesada y los ojos negros ardiendo con el fuego de la obsesión cumplida, rozó su nariz con la mía y sonrió con una suficiencia peligrosa.

—Bienvenidos a la dinastía Cisneros, esposa mía —susurró contra mis labios hinchados—. Ahora, si me disculpas, nos vamos a casa. Ya les hemos dado suficiente material de conversación para los próximos diez años.

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