Mundo ficciónIniciar sesiónEl comedor principal de la mansión de los Cisneros parecía diseñado para empequeñecer a cualquiera que se sentara a su mesa. Una inmensa mesa de caoba maciza, iluminada por los destellos titilantes de un candelabro de cristal de Bohemia, se extendía entre cortinajes de terciopelo burdeos y paredes forradas con tapices antiguos. Sin embargo, la verdadera tensión no provenía de la arquitectura señorial, sino de los invitados que ocupaban los extremos de la estancia.
Rafael había decidido convocar una cena familiar restringida, un movimiento táctico y descarado para demostrarle a la rama menor de los Cisneros quién mandaba realmente en el imperio. Y allí estaba Mateo, sentado frente a nosotros, flanqueado por sus padres, con el rostro descompuesto y la mandíbula aún amoratada por el brutal puñetazo que mi esposo le había propinado en la gala del hotel. —Es una auténtica provocación, Rafael —estalló el tío de Mateo, rompiendo el silencio tenso que pesaba sobre la sopa de marisco—. Traer a esta... a esta muchacha aquí, sentarla como si fuera la matriarca del clan después del escándalo que armó en el registro civil. ¿Te has vuelto loco? ¿O es que te has dejado embrujar por las ínfulas de una cualquiera que solo buscaba trepar en la escala social? Dejé la cuchara de plata sobre la mesa con un movimiento lento y medido. El sonido metálico resonó con claridad en la estancia. No me hacía falta defenderme; sabía exactamente cómo reaccionaría el lobo que tenía sentado a mi lado. Pero antes de que Rafael pudiera abrir la boca para aniquilar verbalmente al patriarca menor, Mateo levantó la vista. Sus ojos, inyectados en sangre y llenos de un rencor infantil y patético, se clavaron directamente en mí. El alcohol que había estado tragando desde el principio de la noche le quitó el último filtro de precaución. —Déjalos que jueguen a la familia feliz, tío —se burló Mateo, soltando una risa agria y despectiva mientras se inclinaba hacia delante sobre la caoba—. La verdad es que me estás haciendo un favor, hermano mayor. Te has quedado con mis sobras. Una chica de clase media que durante cinco años solo supo agachar la cabeza, conformarse con migajas y mendigar un anillo que jamás tuvo el valor de ganarse por sí misma. No vale nada. Lo único que le importa son las tarjetas de crédito, el apellido y los millones de los Cisneros. En cuanto se acabe el dinero y el capricho, te dejará tirado igual que intentó hacerlo conmigo. Las palabras cayeron como veneno espeso sobre el mantel. Su intento deliberado de humillarme frente a la familia, de reducirme a la insignificancia que él creía que me correspondía, buscaba provocar una reacción de vergüenza en mí. Inhalé hondo, preparándome para responder con la elegancia helada que había cultivado desde el día de mi abandono. Abrí los labios, dispuesta a recordarle en público que el único fracasado arruinado en esa mesa era él. Pero el movimiento de Rafael fue más rápido que cualquier palabra. El sonido seco de la copa de cristal de Rafael estrellándose contra el suelo y haciéndose mil pedazos hizo que todos los presentes contuvieran la respiración de golpe. La temperatura en el comedor pareció descender diez grados en cuestión de segundos. Rafael se puso lentamente de pie. Su imponente figura recortada bajo la luz de los candelabros desprendía un aura de peligro tan densa que su propio tío retrocedió involuntariamente en su asiento. Sus ojos oscuros, fríos como el hielo de los infiernos, se fijaron en Mateo con una fijeza letal. —¿Has terminado tu patético número de payaso fracasado, Mateo? —siseó Rafael con una voz baja, ronca y cargada de una violencia contenida que hizo temblar el aire—. ¿Te atreves a abrir la boca para insultar a mi esposa en mi propia casa, olvidando que estás respirando gracias a mi magnanimidad? —Solo digo la verdad... —balbuceo Mateo, perdiendo parte de su falsa bravuconería al ver la mirada sanguinaria de su hermano mayor—. Ella no vale... —Ella vale más que todo el oro acumulado en las arcas de esta familia combinadas —rugió Rafael, interrumpiéndole con un golpe seco sobre la mesa que hizo saltar la vajilla—. Es la única dueña de este imperio, la reina legítima de esta casa y el único tesoro por el que quemaría Cartaluz hasta los cimientos si fuera necesario. Si vuelves a pronunciar su nombre con esa cloaca que tienes por boca, te juro que no solo te quitaré cada centavo y cada propiedad, sino que haré que desaparezcas de la faz de la tierra donde nadie vuelva a encontrar tus restos. ¿Te ha quedado claro, gusano? Mateo bajó la cabeza de inmediato, palideciendo hasta adquirir un tono cadavérico, incapaz de sostener la furia ciega de un hombre que estaba dispuesto a matar por defender mi honor. El resto de la familia guardó un silencio sepulcral, aterrorizada ante la magnitud de la devoción protectora que Rafael demostraba sin importarle las formas ni las jerarquías. Rafael se giró hacia mí. En su rostro, la furia letal se desvaneció en el acto, reemplazada por una corriente de calor y una adoración tan intensa y febril que me dejó sin respiración. Inclinó el torso hacia mi asiento, ignorando por completo la presencia de los invitados, y tomó mi mano entre las suyas, besando los nudillos con una reverencia casi sagrada. —Perdona que este parásito haya arruinado nuestra cena, mi amor —susurró con esa voz áspera que solo utilizaba para mí—. Vámonos de aquí. No merecen ni que respires el mismo aire que ellos. Sin esperar respuesta, me levantó de la silla con suavidad pero con firmeza, pasando un brazo protector alrededor de mi cintura y pegándome a su cuerpo mientras me alejaba del comedor. Las miradas de asombro, envidia y pánico de la familia Cisneros nos acompañaron en cada paso, pero ninguna de ellas importaba ya. Cruzamos los pasillos sombríos de la mansión a paso firme hasta llegar a la privacidad absoluta de nuestra suite. En cuanto la pesada puerta de madera se cerró a nuestras espaldas y el cerrojo automático cayó con un chasquido sordo, la fachada de magnate implacable de Rafael pareció quebrarse ligeramente, dejando al descubierto la marea de deseo y necesidad que llevaba reprimida toda la noche. —Vanessa... —murmuró contra mi cuello, enterrando su rostro en la curva de mi hombro mientras sus manos se deslizaban con urgencia por la tela de mi vestido, buscando el calor directo de mi piel. —Estuviste increíble allá abajo —le susurré con la respiración ya agitada, enredando mis dedos en su cabello oscuro y tirando de él para obligarlo a mirarme a los ojos—. ¿De verdad habrías quemado la ciudad entera por mí? Rafael detuvo sus movimientos y me sostuvo la mirada. Sus ojos negros ardían con la intensidad de un incendio descontrolado. —No lo dudes ni un solo segundo, Vanessa —su voz era un ronroneo áspero, una promesa tallada en piedra—. Mateo no sabe nada de ti. No conoce tu fuerza, ni tu inteligencia, ni la forma en que me consumes el alma con solo mirarme. Él te dejó ir por idiota; yo te gané porque eras lo único que importaba en este mundo. Y ahora me vas a demostrar que eres completamente mía. Sus labios capturaron los míos en un beso hambriento, salvaje y desesperado que barrió cualquier rastro de la tensión de la cena. Sus manos expertas desabrocharon con destreza el cierre del vestido, deslizando la tela por mis hombros hasta dejarme al desnudo frente a su mirada devoradora. Me empujó con suavidad pero con firmeza hacia la amplia cama de la suite, cayendo sobre mí como una fuerza de la naturaleza. El contraste entre el desprecio mezquino de mi exnovio y la devoción absoluta, oscura y adictiva del hombre que ahora me reclamaba como su legítima reina encendió en mi interior una hoguera incontrolable. —Mírame... dímelo otra vez —exigió ronco contra mis labios, mientras su cuerpo pesado e imponente se fundía con el mío en una entrega total—. Demuéstrame que me perteneces. —Soy tuya, Rafael... solo tuya —jadeé, arqueando la espalda contra las sábanas mientras el mundo exterior, la alta sociedad y los fantasmas del pasado quedaban reducidos a cenizas bajo el fuego de nuestra pasión.






