capitulo 9

La luz del amanecer se filtraba suavemente a través de las cortinas de terciopelo de la suite principal, tiñendo el ambiente de un tono ámbar y cálido. El eco de la noche anterior aún flotaba en las esquinas de la habitación, impregnada con el aroma a sándwich y tabaco de Rafael. Me desperté envuelta en las sábanas de lino, con el cuerpo pesadamente relajado y una sensación de plenitud que jamás había experimentado durante los cinco años que duró mi gris noviazgo con Mateo.

Rafael estaba de pie junto al ventanal, con la camisa abierta y una taza de café humeante en la mano, observando el horizonte donde los acantilados del norte se fundían con el mar embravecido. Al notar que me movía, giró el rostro. La expresión dura y calculadora del magnate financiero se suavizó al instante al encontrarse con mis ojos, transformándose en esa mirada febril y exclusiva que solo reservaba para mí.

—Buenos días, reina mía —saludó con su voz ronca y profunda, acercándose a la cama para sentarse en el borde y rozar mi mejilla con los nudillos—. ¿Has descansado?

—Como nunca antes —admití, estirándome perezosamente bajo las sábanas, sintiendo el calor de su mano recorrer mi piel—. Aunque sigo intentando procesar todo lo que pasó ayer en tu despacho secreto. Aún me cuesta creer que hayas guardado mis pasos durante media década.

Rafael sonrió, una curva lenta y peligrosa que acentuaba la perfección de su mandíbula.

—Diez años, Vanessa. Cinco de ellos los pasé en el extranjero construyendo el poder necesario para poder hacer esto sin que nadie pudiera arrebatarte de mi lado. Acostúmbrate a la idea de que eres el centro de mi universo. Hablando de eso... —añadió, dejando la taza en la mesita de noche y apoyando las manos a ambos lados de mi cabeza, inclinándose hasta que su aliento cálido rozó mis labios—. ¿Qué deseas hoy? Nombra cualquier cosa. Lo que sea. No hay límites en este imperio para ti.

Recuerdo que la noche anterior, mientras cenábamos algo ligero en la intimidad de la sala de estar y hablábamos de la superficialidad de la alta sociedad de Cartaluz, mencioné casi al pasar, como un recuerdo lejano de mi adolescencia, lo mucho que me gustaban los antiguos invernaderos de cristal veneciano que había visto en una revista de arquitectura europea, y cómo siempre había querido tener un espacio lleno de camelias blancas y jazmines exóticos donde leer en las tardes de lluvia, un lujo que mi familia modesta nunca pudo permitirse y que Mateo jamás se molestó en entender cuando se lo comenté de pasada.

Lo dije de manera casual, sin darle mayor importancia, convencida de que era una simple charla de sobremesa.

—Ayer mencioné lo de los invernaderos de cristal y estilo clásico... pero fue solo un comentario al aire, Rafael —le recordé, arqueando una ceja con curiosidad—. No tienes que...

—No hago nada por casualidad, Vanessa —interrumpió él con una sonrisa torcida antes de capturar mis labios en un beso profundo, hambriento y posesivo que me robó el aliento por completo.

Sus manos se deslizaron bajo las sábanas, encontrando la piel desnuda de mi cadera y trazando un camino de fuego que aceleró mi pulso al instante.

—Vístete y baja conmigo después del desayuno —susurró contra mi boca, su voz convirtiéndose en un ronroneo áspero que hizo que mi piel se erizara—. Te tengo una sorpresa.

Una hora más tarde, caminábamos del brazo por los senderos posteriores de la mansión, adentrándonos en una zona boscosa que yo no recordaba haber explorado. Al doblar un recubrimiento de altos setos de abeto, me detuve en seco, conteniendo la respiración por la absoluta magnitud de lo que tenía ante mis ojos.

Lo que antes era un terreno baldío y cubierto de maleza se había transformado, en cuestión de horas —o mejor dicho, mediante una orden ejecutada con la precisión militar de un ejército de arquitectos y operarios trabajando a marchas forzadas durante la noche—, en una obra maestra de la arquitectura de cristal y hierro forjado negro. Era una estructura gigantesca de estilo victoriano, con cúpulas de vidrio brillante que reflejaban la luz del sol, rodeada de fuentes de piedra y caminos de pizarra.

Y en su interior, visible a través de los enormes paneles transparentes, miles de camelias blancas y jazmines en plena floración se extendían como un mar de nieve y perfume.

—¿Esto... lo hiciste anoche? —balbuceé, con los ojos abiertos de par en par, sintiendo cómo una mezcla de asombro y una emoción profunda me inundaba el pecho.

Rafael se paró a mi lado, rodeando mi cintura con su brazo fuerte y pegándome a su cuerpo.

—Dijiste que querías un espacio para leer, un lugar donde el mundo exterior no pudiera tocarte —respondió él con total naturalidad, como si hubiera construido un palacio de cristal fuera un capricho tan simple como regalar un ramo de flores—. Nadie le niega un capricho a la señora de Cisneros. Y menos el hombre que lleva años esperando la oportunidad de poner el mundo a tus pies.

Las lágrimas amenazaron con traicionarme. Durante cinco años, Mateo me había regalado bolsos de marca caros y joyas ostentosas elegidas por su secretaria, sin importarle un bledo lo que a mí realmente me gustaba, demostrando una absoluta indiferencia hacia mi esencia. Rafael, en cambio, había movido cielo, tierra y millones en recursos financieros en medio de la noche solo para materializar un deseo fugaz que había mencionado en una charla informal.

Me giré hacia él, con el corazón latiéndome desbocado en la garganta, y pasé mis brazos alrededor de su cuello, atrayéndolo hacia mí con una desesperación repentina.

—Estás loco, Rafael. Completamente loco —susurré contra sus labios, con la voz quebrada por la intensidad del sentimiento.

—Loco de remate por ti, Vanessa —gruñó él antes de sellar mi boca en un beso abrasador que barrió cualquier rastro de cordura.

Sin apartar los labios de los míos, Rafael me levantó en vilo con una fuerza descomunal. Solté un grito ahogado de sorpresa cuando mis piernas se enredaron automáticamente en sus caderas, y con unos pasos firmes y decididos, me cargó cruzando los umbrales de la puerta doble del invernadero recién estrenado.

El interior era un edén cálido, húmedo y perfumado por el aroma dulce de los jazmines y la tierra fértil. Las paredes de cristal nos aislaban por completo del resto de Cartaluz, creando un refugio privado, un santuario exclusivo donde el mundo exterior y los fantasmas de mi pasado ya no existían.

Rafael me depositó con suavidad sobre una amplia y mullida escalinata de piedra recubierta de cojines de terciopelo oscuro, justo en el centro del invernadero, bajo la cúpula de cristal por donde el sol caía como una lluvia dorada.

—Rafael... —jadeé cuando su cuerpo pesado e imponente se cernió sobre el mío, inmovilizándome contra los cojines con una posesividad deliciosa.

—Te pertenece todo, Vanessa —murmuró él con voz ronca, mientras sus manos expertas y febriles comenzaban a deshacer los botones de mi blusa con una urgencia que no admitía esperas—. El imperio, esta mansión, el suelo que pisas y cada latido de mi pecho. Acostúmbrate a ganar siempre.

La luz del sol filtrada a través de las camelias blancas iluminaba su rostro duro y perfecto, mientras sus labios descendían sobre mi cuello en un rastro de besos calientes y devoradores que hicieron que arquease la espalda con un gemido de pura rendición. En ese santuario de cristal, rodeada por el lujo absurdo de un capricho cumplido a lo grande, comprendí que la venganza contra Mateo ya no importaba; lo único real, lo único imponente y absoluto era el fuego incontrolable con el que el tiburón de las finanzas había decidido amarme para siempre.

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