La quietud de la mansión tras la tormenta de nuestras emociones era un bálsamo espeso, pero la curiosidad, esa chispa indomable que siempre me había caracterizado, rara vez se contentaba con el reposo absoluto. Era pasada la medianoche cuando el sueño decidió esquivarme por completo. El cuerpo me pesaba de una forma deliciosa, con el rastro de los besos de Rafael aún ardiendo tenuemente sobre mi piel, pero mi mente seguía dando vueltas en torno a la compleja red de su obsesión.Me levanté con sigilo de la cama, procurando no perturbar el sueño de Rafael, quien descansaba con el rostro relajado pero con un brazo pesado extendido sobre las sábanas, como si incluso durmiendo buscara retener mi presencia. Me puse una bata ligera de seda y salí descalza al pasillo oscuro, decidida a prepararme una taza de infusión en la planta baja para calmar el insomnio.Sin embargo, en lugar de bajar hacia la cocina, mis pasos se desviaron casi por instinto hacia el ala del despacho privado de Rafael. L
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