El eco del portazo de Miguel todavía resonaba en la mansión cuando Liliana se dejó caer sobre el sofá.Sus manos temblaban ligeramente, todavía con el calor de la taza de té que Dominic había tomado de sus dedos. La casa, que hasta hacía unas horas le parecía cálida y acogedora, ahora parecía demasiado grande, demasiado silenciosa. Cada sombra parecía moverse con intencionalidad, como si el aire mismo estuviera conteniendo la respiración.Dominic permanecía de pie junto a la ventana del salón. Sus brazos cruzados, su postura firme, la expresión impenetrable que siempre llevaba, pero Liliana podía ver los pequeños indicios de tensión: la mandíbula apretada, el leve fruncido de sus cejas, y la forma en que sus ojos oscuros no dejaban de recorrer cada rincón de la sala, alerta.—Respira —dijo finalmente, su voz baja y profunda, pero cargada de autoridad.Liliana suspiró, intentando calmar el corazón que todavía latía con fuerza, y se inclinó hacia atrás en el sofá. —No puedo...No puedo
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