AlexanderEran las tres de la mañana cuando el sonido penetrante del teléfono rompió el silencio de mi habitación. Me erguí en la cama con el corazón acelerado, cuidando de no despertar a Zoe, que dormía plácidamente a mi lado con el rostro sereno pegado a las sábanas.Miré la pantalla. Era un número desconocido, pero la insistencia con la que vibraba me dijo todo lo que necesitaba saber. Un escalofrío frío me recorrió la nuca, presagiando la tormenta que amenazaba con romper la calma que tanto me había costado construir. Deslicé el dedo para contestar y me llevé el teléfono al oído mientras me levantaba en silencio, alejándome a pasos cautelosos hacia el balcón.Necesitaba distancia. Necesitaba aire. Sobre todo porque, durante los últimos días, mi mundo con Zoe había sido perfecto, casi absurdamente irreal.Por primera vez en mi vida, el desorden de mis pensamientos se había calmado. Estar con ella era como respirar aire
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