Alexander
Eran las tres de la mañana cuando el sonido penetrante del teléfono rompió el silencio de mi habitación. Me erguí en la cama con el corazón acelerado, cuidando de no despertar a Zoe, que dormía plácidamente a mi lado con el rostro sereno pegado a las sábanas.
Miré la pantalla. Era un número desconocido, pero la insistencia con la que vibraba me dijo todo lo que necesitaba saber. Un escalofrío frío me recorrió la nuca, pre