Zoe
El diminuto salón del departamento que compartía con mis compañeros de cuarto parecía de repente un campo de batalla. Llevaba más de cuarenta minutos caminando en círculos sobre la alfombra raída, con el teléfono pegado a la oreja y la voz ronca de tanto intentar explicar lo inexplicable a la pantalla iluminada.
—¡Papá, por favor, escucha dos minutos antes de que te dé un infarto! —supliqué por décima vez, pasándome la ma