La noche fue avanzando lentamente mientras el fuego de la chimenea llenaba la vieja casa con un calor acogedor. Afuera el viento seguía golpeando las ventanas y los árboles se mecían suavemente, pero dentro solo existían ellos dos, abrazados frente a las llamas, recuperando los años que el destino les había robado. Giorgio continuó contándole historias de una vida que Lia ya no recordaba, describiéndole con tanto detalle cada momento que ella casi podía imaginarlo.Le habló de las tardes en que corrían alrededor del lago, de las guerras con pistolas de agua, de las veces que escapaban de sus padres para esconderse en el viejo árbol y de las promesas infantiles que hacían convencidos de que el tiempo jamás podría separarlos. Recordó entre sonrisas cómo imaginaban el futuro cuando apenas eran unos niños y aseguraban que, cuando fueran viejitos, seguirían viviendo uno al lado del otro, viendo a Giovanni, Amaranta, Matteo y Lidia sentados en cuatro mecedoras jugando cartas con el cabello
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