Adelaide decidió no regresar inmediatamente a la mansión después de salir de la escuela. Al mirar la hora, recordó que Sofía vivía a pocos minutos de allí y, casi por impulso, tomó el camino hacia la casa de su hermana. Hacía muchos días que no compartían una tarde sin prisas, sin compromisos familiares o reuniones organizadas por los Prieto. Apenas llegó, Mateo corrió a recibirla con el entusiasmo de siempre, abrazándose a sus piernas antes de arrastrarla hasta la sala para enseñarle los dibujos que había hecho durante la semana. Sofía apareció sonriendo desde la cocina con una tetera entre las manos y dos tazas humeantes. La conversación comenzó hablando de cosas simples, del colegio de Mateo, de la escuela donde Adelaide volvería a dar clases y de los pequeños cambios que estaban ocurriendo en su vida. Entre una taza de té y otra, las risas del pequeño llenaron la casa. Jugaron con una pelota en el jardín, armaron una torre de bloques que Mateo derribó entre carcajadas y, por unas h
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