Los días siguientes transcurrieron con una tranquilidad diferente en la mansión Prieto. No era la calma de un hogar donde todo estaba bien, ni la felicidad que Adelaide había imaginado cuando se casó con Marco. Era una sensación nueva, extraña y al mismo tiempo reconfortante. Era una paz que no dependía de él, de sus palabras, de sus gestos o de la atención que pudiera darle. Era una pequeña parte de ella que, después de mucho tiempo, comenzaba a regresar.Durante años, Adelaide había puesto toda su energía en mantener su matrimonio a flote. Cada mañana despertaba pensando en Marco, en cómo hacerlo sentir amado, en cómo evitar una discusión, en cómo encontrar un momento para acercarse a él sin sentirse una molestia. Había aprendido a interpretar sus silencios, sus cambios de humor y hasta sus cansancios, intentando siempre justificarlo antes de pensar en cómo se sentía ella. Había convertido el amor en una espera constante, en una búsqueda interminable de pequeñas muestras de cariño q
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