La mañana siguiente amaneció gris sobre Florencia. La tormenta de la madrugada había dejado su huella en toda la ciudad. El cielo permanecía cubierto por una espesa capa de nubes que apenas permitía el paso de la luz, mientras los jardines de la mansión Prieto lucían completamente empapados. Pequeñas gotas de agua descansaban sobre los rosales y un aire fresco recorría los senderos de piedra, impregnando el ambiente con el inconfundible aroma de la tierra mojada. Poco a poco, la residencia recu