La luz del amanecer comenzó a filtrarse lentamente a través de los inmensos ventanales de la Mansión King, bañando el elegante comedor con un resplandor dorado que contrastaba con la fría solemnidad de aquella residencia. Sobre la larga mesa de madera descansaba un desayuno preparado con el mismo cuidado de cada mañana: frutas recién cortadas, pan artesanal, café humeante y una delicada vajilla de porcelana que llevaba grabado el antiguo escudo de la familia. Sin embargo, por mucho lujo que rodeara aquel lugar, el ambiente continuaba siendo rígido, gobernado por una disciplina que parecía impedir cualquier muestra espontánea de afecto. Margaret King se encontraba sentada en la cabecera de la mesa, revisando una agenda mientras daba pequeños sorbos a su café. Su postura era impecable, la espalda completamente recta y el rostro sereno, como si cada minuto de su vida estuviera cuidadosamente calculado. Frente a ella, Vanesa Moore sonreía con la dulzura que había aprendido a utilizar sie
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