Anaís prácticamente corrió fuera del hospital, subió al primer autobús que pasó y no dejó de temblar en todo el camino a su casa. Sentía que el peligro la acechaba en cada esquina.Cuando llegó a su modesto hogar, abrió la puerta suspirando de alivio, creyendo que estaba a salvo. Pero en cuanto dio un paso adentro, la sangre se le fue al piso. Harold, su ex, la estaba esperando sentado en la penumbra de la sala, con el rostro desfigurado por un enojo violento.Anaís, asustada, intentó retroceder para salir a la calle, pero Harold fue más rápido. Se levantó de un salto, cerró la puerta de golpe pasándole el cerrojo y, sin darle tiempo a defenderse, la tomó con brutalidad del cabello, tirando de él hacia atrás.—Así que aquí estás, maldita perra —siseó Harold cerca de su oído.—¡Déjame por favor, Harold! —gritó Anaís, con lágrimas de dolor e impotencia en los ojos—. ¿Qué quieres de mí? ¡Suéltame!—¡Quiero dinero y lo quiero ahora mismo! —le reclamó él, jalándole el cabello con más fuerz
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