Mientras tanto, en el campus de la prestigiosa universidad de Miami, la atmósfera de calma académica no lograba apaciguar el torbellino de rabia que consumía a Luciana. Caminaba a pasos rápidos y firmes por los pasillos empedrados, con los tacones resonando con fuerza contra el suelo.En su mano apretaba el teléfono celular, cuya pantalla brillaba mostrando un mensaje de texto que le había helado la sangre y encendido la furia a partes iguales. Era de su padre, Angelo."No me vuelvas a faltar al respeto, Luciana. Mídete soy tu padre"Luciana soltó una risa amarga y ahogada, bloqueando la pantalla con brusquedad antes de guardar el aparato en su bolso.—Como si pudieras controlarme también aquí —masculló entre dientes, ignorando por completo la advertencia del temido capo de la mafia. La universidad era su único santuario, el único lugar donde no era simplemente "una Di Santi" bajo el yugo familiar.Sin embargo, al mirar el gran reloj de pared del pasillo, su molestia se transformó en
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