La lluvia había comenzado a amainar cuando finalmente decidieron regresar a la mansión, todavía envueltos en ese abrazo que parecía haber disuelto, al menos momentáneamente, todo el dolor acumulado durante ese día devastador. El trayecto de vuelta transcurrió en un silencio distinto al de otras veces, no la fría distancia de las primeras semanas, sino una calma cargada de una intimidad recién descubierta, de manos entrelazadas que ninguno de los dos parecía dispuesto a soltar.Al llegar, Ottavia los recibió con toallas y una expresión de alivio genuino al verlos regresar juntos, sanos y salvos después de una tarde de búsqueda incierta. Emma sintió, por primera vez desde que había llegado a esa mansión, que realmente formaba parte de un hogar, rodeada de personas que se preocupaban genuinamente por su bienestar.Esa noche, después de cambiarse de ropa y calentarse con un té preparado por Ottavia, Emma y Luca se encontraron nuevamente en el pequeño salón contiguo a la habitación de ella
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