Logré despegarme el vestido de satén húmedo y arruinado del cuerpo, y cada movimiento enviaba una nueva oleada de dolor a través de mis rodillas y mi hombro magullados. El agua hirviendo de la ducha era lo único que me mantenía anclada a la realidad.
Permanecí bajo el chorro durante casi treinta minutos, viendo cómo el diseño del suelo del almacén, el olor a pólvora y el persistente sabor fantasma del cloroformo desaparecían por el desagüe. Pero no importaba qué tan caliente estuviera el agua,