SiennaTener a Killian tan cerca, sintiendo el calor de su torso desnudo cubierto por la sangre que yo misma le había sacado a golpes, me revolvió la cabeza. Quería destruirlo, agarrar una navaja y cobrarme el engaño con el que me trajo a este rancho maldito. Pero al mismo tiempo, el olor a sudor, a pólvora y a sexo que salía de su piel me encendía un deseo sucio que me daba vergüenza sentir.—Eres un miserable —murmuré contra su boca, tratando de no ceder a la tentación de morderle los labios.—Soy tu miserable, Sienna —respondió él, soltándome las muñecas para deslizar sus manos grandes por mi cintura, apretándome el cuerpo contra su dureza—. Y tú eres mi mujer. Aunque me odies, aunque me desprecies por lo que hice, no vas a poder sacarme de tu cuerpo nunca.Me pegó contra la pared del despacho con un movimiento rudo. La madera fría de la pared me rozó la espalda descubierta por el camisón roto. Killian no pidió permiso. Me agarró la barbilla con brusquedad y me clavó un beso violen
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