La furia me subía por la garganta, espesa y ardiente, mezclada con el recuerdo nítido de las curvas de Sienna recortadas bajo el lienzo transparente de la lluvia. Me adentré aún más en la penumbra del establo, buscando el rincón más apartado, junto a las monturas de cuero y las mantas apiladas, donde la luz del día no pudiera alcanzarme. Estaba completamente solo, pero la sensación de su presencia me acosaba como si ella estuviera allí mismo, mirándome con esos ojos azules cargados de soberbia.Me desabroché el cinturón con manos torpes, violentas, dominado por una urgencia que me avergonzaba profundamente. Yo, que siempre me había jactado de mi templanza ante los peones y de mi dominio frente a los desmanes de Alec, me encontraba reducido a un despojo de deseos insatisfechos por culpa de la hija de Merker. Cerré los ojos y la oscuridad de mi mente se llenó de ella. La vi de nuevo sobre el caballo, con la blusa blanca ceñida a sus pechos firmes, sintiendo el frío del agua que ponía rí
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