La furia me subía por la garganta, espesa y ardiente, mezclada con el recuerdo nítido de las curvas de Sienna recortadas bajo el lienzo transparente de la lluvia. Me adentré aún más en la penumbra del establo, buscando el rincón más apartado, junto a las monturas de cuero y las mantas apiladas, donde la luz del día no pudiera alcanzarme. Estaba completamente solo, pero la sensación de su presencia me acosaba como si ella estuviera allí mismo, mirándome con esos ojos azules cargados de soberbia.