Al día siguiente, los primeros rayos del sol se filtraban por la ventana de la habitación del hospital, envolviendo el lugar en una cálida luz dorada.Después de una noche llena de desvelos, Miranda apenas había podido dormir.Cada pocas horas se despertaba para comprobar que sus dos pequeñas seguían respirando con tranquilidad. A pesar del cansancio, una simple mirada a sus hijas era suficiente para hacer desaparecer cualquier agotamiento.Las gemelas dormían profundamente en sus pequeñas cunas transparentes.Eran diminutas, frágiles y delicadas, pero cada día se veían un poco más fuertes. Sus diminutas manos permanecían cerradas en pequeños puños, mientras sus pechos subían y bajaban lentamente al respirar.Miranda las contemplaba con una sonrisa llena de amor cuando escuchó unos suaves golpes en la puerta.—¿Se puede pasar?Reconoció inmediatamente aquella voz.—¡Mamá!La puerta se abrió y entró su madre con una enorme sonrisa, seguida por Clara, su hermana mayor.En cuanto Miranda
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