El silencio del apartamento era tan profundo que podía escuchar el tic-tac del reloj de pared, un sonido monótono que marcaba el paso de las horas mientras yo permanecía despierta, mirando el techo. Rocco se había sentado en el sofá, con el portátil cerrado sobre la mesa, pero no se había ido a dormir. Su presencia, aunque silenciosa, me hacía sentir segura en medio de la tormenta que rugía dentro de mí.No podía cerrar los ojos. Cada vez que lo intentaba, la imagen de mi padre aparecía en mi mente. Su rostro cansado, su paso lento, la forma en que se había detenido antes de entrar al garaje, como si supiera que algo estaba mal. Y luego, la figura de Beltrán emergiendo de las sombras, sus manos manipulando el coche con una frialdad que me helaba la sangre.Había visto el video una y otra vez en mi cabeza, como una película que no podía detener. Cada detalle se grababa a fuego en mi memoria, el brillo de la herramienta bajo la luz, el movimiento preciso de sus dedos, la forma en que se
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