La noche en los viñedos había caído con una suavidad que contrastaba con la tensión que llevábamos acumulando desde que llegamos. Después de la frustración con el USB y el paseo silencioso al atardecer, Rocco y yo habíamos regresado a la casona con una sensación extraña, como si el aire mismo estuviera esperando algo. No sabía qué, pero mi intuición me decía que aquella calma no duraría mucho.
Me senté en el borde de la cama, con el diario de mi padre abierto sobre las rodillas. La fecha de la