La penumbra de la tarde cayó sobre el dormitorio de la suite, trayendo consigo el fin del letargo inducido por los fármacos. Valeria abrió los ojos lentamente, pero el raciocinio no trajo paz, sino el peso aplastante de la realidad. De inmediato, adoptó su posición de autodefensa: encogió las piernas contra el pecho y escondió el rostro entre las rodillas, desbordándose en un llanto incontenible.—Díganme que no es cierto... por favor, díganme que es mentira —suplicaba en un murmullo quebrado, sin levantar la cabeza de su refugio de dolor—. Díganme que ya está bien.Susana, que permanecía sentada al borde del colchón velando su descanso, no pudo contener más su propia entereza. Rompió a llorar con una desesperación profunda, tomándola por los hombros para obligarla a escucharla, y aunque Valeria luchó con todas sus fuerzas no pudo soltarse del agarre de su hermana.—Por favor, Valeria... te lo suplico, no me dejes sola en esto —exclamó Susana entre lágrimas, con la voz rota—. Necesito
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