—¡Valeria! ¡Mírame, bonita, mírame! —le susurró Ji-hoon con la voz rota por el pánico, apartando con dedos trémulos los mechones sueltos de su cabello para buscar desesperadamente esos ojos verdes que tanto amaba—. Ya estoy aquí. Tu rescatista está aquí. Respira, mi amor... No hay periodistas, no hay cámaras, no hay oscuridad. Estás a salvo en mis brazos.Al ver el colapso en el suelo del pasillo, Georgina llegó corriendo, con el rostro desencajado por la desesperación. Con voz firme pero cargada de angustia, ordenó que las llevaran de inmediato a la oficina del último piso, lejos del escrutinio público. El trayecto en el ascensor se sintió eterno y asfixiante. Una vez en el despacho presidencial, Ji-hoon acomodó a Valeria en el sofá de cuero con una delicadeza infinita, mientras Gloria ingresaba apresurada junto al médico del evento. El doctor actuó con rapidez, aplicando una inyección en el brazo inerte de Valeria para mitigar la crisis aguda de ansiedad.A un costado, Susana se sen
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