Ji-hoon estiró su mano lentamente sobre las sábanas de seda, dejándola con la palma hacia arriba a escasos centímetros de Valeria. Con ese gesto sutil, le ofrecía un ancla sin imponer restricciones, otorgándole a ella el control absoluto de la distancia física y de sus propios ritmos de recuperación.
—Me hace tan feliz ver tu rostro otra vez, bonita —le confesó en un susurro cargado de una devoción que parecía flotar en el aire—. No me importa si tus ojitos están hinchados por el llanto o si es