Capítulo 22. Logística sobre diez centímetros
FERNANDA—Te lo juro, Vale, ese hombre no es humano. Estoy convencida de que, si le cortas un brazo, en lugar de sangre le van a salir códigos de barras y aceite para engranajes —le susurré al teléfono, pegada al gran ventanal de mi habitación mientras miraba el azul infinito del mar Egeo.Al otro lado de la línea, la risa escandalosa de mi prima y mejor amiga, Valeria, resonó desde la Ciudad de México, haciéndome sentir un poquito más cerca de casa.—Ay, primita, pero bien que te estás dando un taco de ojo con el androide griego —se burló Vale, y alcancé a escuchar cómo le daba un trago a su café—. Cuéntame más de la clase de ayer. ¿De verdad mandó a volar al maestro para quedarse a solas contigo en la biblioteca? Eso suena muy sospechoso para ser un simple "contrato de negocios".—¡Fue una tortura! —exclamé, aunque sentí que las mejillas se me ponían calientes al recordar la cercanía de sus ojos grises—. Se sentó a mi lado y alineó mi cuaderno con una regla. ¡Con una regla, Valeria!
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