Magnus cerró la puerta de un golpe seco con el pie, el sonido reverberando como un trueno que sellaba nuestro encierro. La penumbra de la habitación, teñida por los últimos rayos dorados del atardecer que se filtraban por los ventanales, apenas iluminaba las sábanas oscuras de la enorme cama. El aire estaba cargado de su olor, sándalo, tabaco dulce, sudor limpio y esa masculinidad pura que me inundaba los pulmones. Me bajó solo un instante para arrancarme el vestido con un tirón violento.La tela cedió con un rasgado audible, dejando mis curvas completamente expuestas. Mis pechos pesados, mi vientre suave y redondo, mis caderas anchas y mis muslos gruesos quedaron a la vista. Por un segundo, la vieja inseguridad intentó asomarse, pero sus ojos grises se oscurecieron de hambre pura.—Dios mío, Valerie… —gruñó con voz ronca y profunda, casi reverente, mientras sus manos grandes y callosas recorrían mi cuerpo sin prisa esta vez—. Mírate. Cada centímetro de tu piel, cada curva… eres
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