Magnus cerró la puerta de un golpe seco con el pie, el sonido reverberando como un trueno que sellaba nuestro encierro.
La penumbra de la habitación, teñida por los últimos rayos dorados del atardecer que se filtraban por los ventanales, apenas iluminaba las sábanas oscuras de la enorme cama.
El aire estaba cargado de su olor, sándalo, tabaco dulce, sudor limpio y esa masculinidad pura que me inundaba los pulmones.
Me bajó solo un instante para arrancarme el vestido con un tirón violento.
La