El crujido del vidrio templado al hacerse añicos contra las baldosas del baño resonó en mis oídos como un disparo.
Me quedé petrificada, con la mano aún apretada contra mis labios para ahogar el sollozo, mientras sentía que el corazón se me subía a la garganta.
El silencio que siguió al estrépito fue tan denso que podía escuchar el silbido de mi propia respiración agitada.
Fuera del baño, los ruidos de forcejeo cesaron de golpe.
—¿Qué mierda fue eso? —La voz de Julián, ahora desprovista de su