GABRIELNataly intentó seguir a los sirvientes que cargaban el cuerpo moribundo de su padre hacia la suite principal. La desesperación la empujaba en un frenesí afilado, pero mi mano se cerró sobre su brazo como un grillete insuperable.—No vas a ir con él —sentencié. La voz me brotó baja, firme, con un filo de acero sepultado en cada sílaba.—¡Es mi padre, Gabriel! —me gritó, forcejeando contra mi agarre con las fuerzas que le devolvía la rabia—. ¡Necesita que esté a su lado! ¡Suéltame!—Lo que necesita es un médico, no tus lágrimas —respondí, acortando la distancia hasta que mi aliento tibio le rozó la piel inflamada de la mejilla—. No voy a permitir que te hundas en la misma debilidad que lo destruyó.Sus ojos, verdes y empañados por la traición de su familia, ardían con una furia salvaje. Intentó apartarse, clavándome las uñas en la muñeca, pero la atrapé por la cintura con un movimiento seco, pegando su cuerpo al mío hasta que sintió la rigidez imperiosa de mi torso.—¡Suéltame!
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