NATALY
El silencio que cayó sobre la embajada fue tan denso que podía cortarse con un hilo de seda.
Stefano Castiglione apretó los puños con rabia mientras el ministro francés, sudando frío, improvisaba excusas diplomáticas para retirarse a un rincón a hacer llamadas telefónicas de emergencia. Bianca me clavó una mirada llena de odio, pero no se atrevió a pronunciar una sola palabra; la jugada del fideicomiso Laurent-Valtieri los había dejado sin margen de maniobra.
—Impecable, signora —murmuró