NATALY
El salón de mármol estaba vacío, iluminado apenas por los candelabros antiguos que proyectaban destellos dorados sobre las paredes. El silencio era tan solemne que cada tacón mío resonaba como un latido.
Gabriel apareció desde la penumbra con un gesto inesperado: un violín solitario comenzó a sonar en la esquina, suave, melódico, como si la música hubiera estado aguardando nuestra llegada.
—No traje enemigos esta noche, signora —dijo con una voz grave, extendiendo su mano hacia mí—. Solo