GABRIEL
Nataly intentó seguir a los sirvientes que cargaban el cuerpo moribundo de su padre hacia la suite principal. La desesperación la empujaba en un frenesí afilado, pero mi mano se cerró sobre su brazo como un grillete insuperable.
—No vas a ir con él —sentencié. La voz me brotó baja, firme, con un filo de acero sepultado en cada sílaba.
—¡Es mi padre, Gabriel! —me gritó, forcejeando contra mi agarre con las fuerzas que le devolvía la rabia—. ¡Necesita que esté a su lado! ¡Suéltame!
—Lo qu