NATALY
El médico cruzó la puerta de la recámara en absoluto silencio, dejándonos a solas con el sordo bufido del respirador. Yo continuaba arrodillada en el mármol, aferrada a la mano helada de mi padre, sintiendo cómo sus dedos huesudos aún buscaban mi pulso en medio de la penumbra.
Gabriel avanzó desde el umbral con la parsimonia de un depredador. Su sombra gigantesca se proyectó sobre la cama, cubriéndome por completo.
—Si quieres que viva, vas a tener que actuar —decretó. Su voz brotó baja,