El domingo amaneció con el Mediterráneo color plata y Sara Navarro despierta antes que él. Se quedó quieta. No quería moverse. No todavía. Marcos dormía de lado, con un brazo sobre su cintura y la respiración lenta y uniforme de alguien que por primera vez en mucho tiempo había decidido soltar algo que cargaba solo. En la luz gris del amanecer, sin la corbata, sin el traje, sin la distancia ejecutiva que usaba como escudo en cada reunión y cada pasillo y cada buenos días Navarro dicho con esa voz suya que no revelaba nada, era simplemente un hombre. Uno extraordinariamente bien construido, sí. Pero sobre todo uno que dormía con el ceño ligeramente fruncido incluso inconsciente, como si incluso en sueños estuviera resolviendo algo. Sara sonrió sola. Despacio, con cuidado de no despertarlo, se giró hacia el ventanal. El Mediterráneo a las siete de la mañana era otro color. Plateado y quieto, con esa luz horizontal del amanecer que lo hacía parecer sólido. Como si pudieras camina
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