La puerta se abrió.Elena estaba en el umbral, con el pelo aún húmedo de la ducha que había tomado tras su encuentro con Julián y usando una bata de lino blanco que no era suya. Sus ojos recorrieron la biblioteca en silencio, pasando por los papeles sobre la mesa, por la taza de café frío, por Adrián de pie junto a la ventana con una mano dentro de la chaqueta.—No podía dormir —dijo ella, como explicación y excusa al mismo tiempo.Adrián asintió. Sintió el peso de la carta contra su costilla, el sello roto que ella no podía ver.—Julián tampoco —respondió, y vio cómo ella tensaba la mandíbula.Elena entró. No hacia él, sino hacia los estantes, sus dedos rozaron los lomos de los libros como quien busca algo que no necesita. Adrián supo, en ese instante, que hab
Ler mais