Julián volvió a casa antes de las siete, y eso, en sí mismo, era una noticia.Elena lo oyó desde la cocina: la puerta, las llaves en el cuenco, los pasos que esa noche no fueron directos al despacho. Se detuvieron en el umbral, detrás de ella. Llevaban tres años sin detenerse ahí.—¿Podemos hablar? —dijo él.Elena cerró el grifo. No se giró de inmediato. Se secó las manos con un paño, despacio, porque había aprendido que el tiempo era lo único que ella controlaba en esa casa y no pensaba regalárselo.—Habla.Julián entró. Se quedó de pie al otro lado de la isla, con las manos apoyadas en el mármol, en esa postura que ella le conocía de las salas de juntas: la del hombre que viene a cerrar un trato y aún no decide cuánto está dispuesto a ofrecer.—He est
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