El cansancio desapareció al instante, sustituido por una descarga de adrenalina pura.—¡¿Qué ha pasado?! —pregunté mientras volábamos por las escaleras hacia el quirófano.—¡La Dra. Magna cogió la guardia de maternidad! La paciente ingresó con desproporción cefalopélvica clara, pero Magna lleva tres horas forzando un parto normal!—¡¿Esa loca se ha vuelto loca?! —bramé.Entré en la sala de higienización como un huracán. Me lavé las manos con clorhexidina a velocidad récord, enjuagué, me puse los guantes estériles, la bata quirúrgica, la mascarilla y el gorro.Entré con todo en la Sala de Partos 2. El escenario era aterrador. La gestante, una joven de no más de veinte años, estaba pálida, empapada de sudor, llorando de dolor y agotamiento, mientras el monitor cardíaco pitaba frenéticamente. Magna estaba inclinada entre las piernas de la chica, empujando su vientre con fuerza bruta.—¡Empuja, floja! ¡Deja de ser una niña! ¡No estás haciendo fuerza! —gritaba Magna, visiblemente descont
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