—Listo, pedido hecho. En un rato llega.
—Entonces, yerno... ¿Coges a muchos vagabundos por ahí? —pregunta mi padre, mirándolo con curiosidad.
—¿Cogerlos? No, señor —responde Marcos con la voz fría, sin pestañear. —No los cojo. Los mato.
Mi madre se lleva la mano al pecho, horrorizada.
—¡Dios mío del cielo! ¡Pero eso es un pecado grave!
—No es pecado cuando se trata de la seguridad de la población, doña Neusa —responde Marcos, categórico. —Estoy entrenado para neutralizar la amenaza.
—Ah, pero e