Mientras la paz reinaba en la mansión envuelta por la nieve, a miles de kilómetros de distancia, en la capital financiera de Suiza, una reunión reservada tenía lugar en el último piso de un exclusivo edificio corporativo. El espacio, dominado por paneles de madera oscura y ventanales que daban hacia el lago de Zúrich, albergaba a los miembros del consejo de administración de Vanguard Global Holding, la firma de inversión offshore que durante más de dos décadas había servido como el principal vehículo de colocación de capitales para la red de Augusto Valenzuela.A la cabeza de la mesa se encontraba Julian Royce, un hombre de cincuenta y cinco años de mirada gélida, modales impecables y una reputación implacable en el reestructuramiento de activos en litis complejas. Royce había sido el cerebro financiero detrás de las operaciones internacionales de Augusto, operando siempre desde las sombras y evitando cualquier vinculación pública con los escándalos judiciales que terminaron por encar
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