El otoño volvió a teñir las colinas del valle con una paleta de matices cobrizos, dorados y ocres. Un aire fresco y transparente bajaba de la cordillera al atardecer, agitando suavemente las copas de los robles centenarios que custodiaban el ingreso a la residencia Castellanos. A diferencia de los años pasados, donde el cambio de estación solía presagiar negociaciones complejas o la inminencia de un conflicto en los tribunales, la atmósfera que se respiraba en la propiedad era de una plenitud serena, holgada y definitiva.En la gran biblioteca del primer piso, el fuego de la chimenea de piedra crepitaba con un chasquido rítmico que llenaba la estancia de un calor reconfortante. Las paredes tapizadas en madera oscura de nogal, que en otro tiempo albergaron mapas de estrategia jurídica, expedientes de auditoría y documentos confidenciales extraídos en la penumbra, servían ahora de marco para una reunión de celebración íntima.Sebastián Castellanos permanecía de pie junto al ventanal pri
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