Victoria empezó a buscar departamento sin decírselo a nadie.No fue un impulso. Llevaba semanas calculando gastos, distancias y rutas entre el taller, la oficina de Daniel, el despacho del licenciado Rivas y las zonas donde pudiera vivir sin depender de choferes, favores ni permisos silenciosos.No quería lujo. No quería mármol, jardines ni salones que le recordaran que ocupaba un lugar prestado. Quería algo pequeño, práctico, con buena luz y una puerta que pudiera cerrar sin que nadie se sintiera con derecho a abrirla.La agente le mostró tres opciones esa mañana.La primera era demasiado grande. La segunda estaba demasiado cerca del círculo Montenegro. La tercera, en cambio, era un edificio discreto, en una calle tranquila, cerca de una cafetería sencilla y una pequeña librería.Victoria se detuvo apenas entró.El departamento no era perfecto. La cocina era reducida, el baño necesitaba un espejo nuevo y la sala apenas alcanzaba para un sofá, una mesa y quizá un escritorio junto a la
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