Los días posteriores de la visita a la abuela trajeron un cambio sutil, pero palpable, en la rutina en los alfas y en la montaña. Aiden y Silas comenzaron a frecuentar la cocina, no con la actitud autoritaria de los líderes que vigilan a una prisionera, sino con una cercanía protectora que descolocaba a Maia. Aiden solía aparecer al amanecer, dejando leña fresca cerca del fogón en un silencio respetuoso, mientras que Silas aprovechaba cualquier oportunidad para entablar conversaciones ligeras, halagando la evolución de su sazón y asegurándose de que tuviera todo lo necesario. Por primera vez en mucho tiempo, Maia sintió que las barreras que había alzado alrededor de su corazón flaqueaban. La calidez del fuego, el respeto en las miradas de los guerreros y la constante presencia de los dos imponentes alfas la hacían sentir, de a poco, segura. Una pequeña parte de su loba interna, esa que sanaba a paso firme en su cuello, comenzó a jugarle una mala pasada: la tentación de dejarlos
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