25. La cueva.
★Marianne★La cueva era fría, húmeda y hostíl, como si el propio aire nos rechazara. El eco constante de goteras cayendo en charcos invisibles resonaba en mis oídos, amplificado por la oscuridad absoluta. Cada gota era un recordatorio: estábamos atrapados.El paso era estrecho, claustrofóbico. Mis manos rozaban las piedras rugosas a ambos lados, buscando algo que me anclara a la realidad. Sin ese contacto, la oscuridad era tan densa que no habría sabido si avanzaba, caía o simplemente flotaba en un vacío eterno.Robert iba delante. Su silueta era una sombra borrosa en la negrura. En más de una ocasión, choqué contra su espalda. Ya ni siquiera le pedía disculpas.—Hay luz adelante —dijo en algún momento, sin girarse.No respondí. Guardé el aire para caminar.La luz resultó ser la fosforescencia azulada de unas algas que crecían en las paredes, suficiente para ver contornos pero no detalles, el tipo de luz que hace que todo parezca más irreal de lo que ya era. Y debajo de esa luz, abrié
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