12. No quiero sentir.
MarianneLo empujé por el pecho con ambas manos.Esta vez se separó, pero el vacío que dejó fue inmediato y doloroso. Mi cuerpo protestó, traicionero, igual que el suyo. Nos quedamos mirándonos, respirando con dificultad, los labios aún hinchados y húmedos del beso, el aire del salón cargado de un calor que nada tenía que ver con la chimenea.—Estás tan jodida como yo, Marianne —dijo con esa voz ronca, casi gutural—. No lo niegues. Puedo olerlo.Lo empujé de nuevo. Fue inútil. Era como intentar mover una montaña que solo se apartaba porque quería.—Es el vínculo —susurré.—¿Segura? —Inclinó la cabeza, devorándome con la mirada—. Porque yo creo que es algo más.Me reí, fue más bien una risa histérica.—Quédese con las ganas, Alteza. Usted dijo que no me presionaría.—Y no lo haré —Una sonrisa lenta y peligrosa curvó sus labios—. Pero si tú me lo pides…—¡No! —Lo aparté con más fuerza y me alejé hacia el otro extremo del salón, pasándome los dedos temblorosos por el cabello—. No quiero
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