El vestidor de la suite principal era del tamaño de un apartamento entero, un laberinto de espejos, caoba y luces empotradas que reflejaba la nueva realidad de Victoria en cada ángulo. Frente al cristal, ya no buscaba a la chica que había sido forzada a entrar en esa mansión. Esa chica estaba enterrada bajo capas de seda, sexo y revelaciones destrozadas.Aleksei le había ordenado usar ropa oscura. La advertencia sobre las manchas de sangre no había sido una metáfora ni una táctica de intimidación; era un consejo práctico de un hombre que conocía la textura del infierno. Victoria eligió unos pantalones de sastre negros, ajustados a la cadera, y un jersey de cuello alto del mismo color, de un tejido fino que se ceñía a su torso como una segunda piel. Recogió su cabello en una coleta tirante, despejando su rostro, exponiendo su cuello. Quería que los hombres de la Bratva vieran cada una de sus expresiones cuando bajara a la carnicería.Cuando salió al pasillo, Aleksei la estaba esperando
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