El trayecto desde el salón de juntas hasta el despacho privado de Aleksei fue un borrón de pasillos vacíos y respiraciones entrecortadas. Victoria apenas sentía las piernas. El orgasmo silencioso que la había desgarrado sobre la mesa de reuniones la había dejado en un estado de embriaguez narcótica, flotando en una neblina de sumisión y adrenalina pura.
Aleksei no la soltó en ningún momento. Su mano, firme e implacable, descansaba en la base de la columna de ella, guiándola, empujándola, reclam